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Authors: Jack Campbell

Tags: #Ciencia-Ficción

Intrépido (4 page)

BOOK: Intrépido
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—Se lanzarían inmediatamente a por él y no pararían hasta asegurarse de que la llave ha sido destruida —completó el capitán.

—Sí, señor —reconoció Desjani.

—¿No pueden limitarse a cambiar la… esto… la frecuencia de su hipernet? —inquirió Geary.

Desjani meneó la cabeza.

—Eso es imposible, capitán Geary —afirmó Desjani—. Una vez que se construye la red, no se pueden cambiar sus características fundamentales.

Geary se quedó pensando un momento, plenamente consciente de lo mucho que le quedaba por aprender pero también sabedor de que tenía que entrar en la sala de juntas rápidamente para reunirse con los capitanes de las naves allí congregados.

—¿Cómo es la llave de grande? —preguntó Geary.

—Demasiado grande para que nadie la pueda transportar, si es a eso a lo que se refiere. Es grande y pesada —replicó Desjani.

—¿Podemos duplicarla? —insistió Geary—. ¿Se pueden hacer copias y llevarlas a otras naves?

—No. Copiar una llave hipernética está más allá de las capacidades de cualquier nave de esta flota. Si regresamos a casa, ya en suelo de la Alianza, hay mundos en los que sí que existe esa posibilidad —apuntó Desjani.

Geary volvió a pararse a pensar un minuto, cavilando sobre lo que esa llave podría significar para la Alianza en caso de que se la pudieran llevar a casa y dejarla a salvo allí. Una responsabilidad más sobre los hombros del gran héroe.

—Reunámonos con los comandantes de las naves.

Aquella gente tenía su mismo aspecto pero, según parecía, no pensaban exactamente en los mismos términos que él. ¿Cuánto iba a tardar en descubrir lo que les diferenciaba, teniendo en cuenta que tales diferencias se habían forjado durante cien años, cien años que se habían pasado además envueltos en una guerra? Geary iba a tener que escuchar atentamente a todo lo que dijeran…

—Espere. Una cosa más. Hace unos pocos minutos, cuando estaba diciendo que no teníamos ninguna oportunidad de derrotar a la flota de los síndicos aquí, empezó a decir otra cosa. ¿Qué era? —inquirió Geary.

Desjani parecía incómoda, con los ojos tratando de mirar por encima del hombro de Geary.

—Lo que… lo que estaba a punto de decir entonces era que ni Black Jack mismo podría derrotar a esta flota de síndicos. Señor.

Ni Black Jack mismo podría hacerlo.
La expresión tenía pinta de ser un dicho que se utilizaba de manera recurrente. Por un momento, a Geary no se le ocurrió cómo responder a algo así. Poco después, sintió el impulso de reírse de sí mismo:

—Bueno, capitana Desjani, más nos vale que no esté en lo cierto, ¿verdad?

Ella se le quedó mirando y después sonrió abiertamente de manera inesperada.

—Sí —musitó.

Geary pasó adentro. Desjani lo siguió hasta el interior de la habitación y, cuando vio que Geary se detenía, le indicó con la mano que se sentase en un asiento que no estaba muy lejos de la puerta. La sala de juntas no era, en realidad, tan grande. Geary la había visto con los sistemas de conferencia apagados, momento en el que no era más que una habitación de un tamaño humilde con una mesa de tamaño humilde para acoger a aquellos que se fueran a sentar de facto allí. Sin embargo, ahora que los sistemas estaban encendidos, mientras Geary se aposentaba en el asiento reservado para él junto a la mesa, pudo ver como la estancia se expandía con decenas de asientos, cada uno de los cuales estaba ocupado por el oficial al mando de cada una de las naves. Geary no pudo evitar quedarse mirándolos un poco, sorprendido por el hecho de que cada oficial tuviese pinta de estar sentado allí mismo en lugar de en sus propias naves. Cuando los ojos de Geary se posaban en un oficial en concreto, su imagen se acercaba, de tal modo que parecía que estuvieran sentados más cerca el uno del otro y, al mismo tiempo, aparecía una pequeña etiqueta que lo identificaba claramente con su nombre y el de la nave a la que pertenecía. En el centro de la mesa, fácilmente visible desde cualquier asiento, se proyectaba una gran imagen con la disposición de la flota de la Alianza y la flota de los síndicos. Estaba claro que la tecnología de imagen virtual había mejorado mucho durante su larga hibernación.

Parece que hoy en día es mucho más fácil mantener reuniones.
Geary se tomó un momento para preguntarse si aquello era algo bueno o si, por el contrario, sería una de esas cosas que había acabado desgastando el espíritu de la flota. Tras eso, se quedó de pie junto a su sitio, preguntándose si alguien iba a hacer un primer llamamiento general al orden, pero al ver que no ocurría, se sentó con cierta rigidez.

Nadie pronunció palabra alguna. A excepción de la capitana Desjani, que había tomado asiento de verdad justo a su izquierda, el resto de oficiales se quedaron mirándolo. Geary les devolvió la mirada, uno por uno, posando brevemente la vista sobre cada uno de ellos antes de continuar el chequeo. Algunos devolvían la mirada con un gesto cuidadamente inexpresivo, como queriendo ocultar sus pensamientos. Otros presentaban un rastro de desafío en sus ojos, lo que claramente indicaba que no se mostraban receptivos a reconocer la autoridad de Geary. Sin embargo, la mayoría lo miraban con la desesperación de los moribundos que rezan por encontrar algo que los libere. En distintos grados, todos y cada uno de ellos parecían cansados y preocupados.

Geary respiró hondo y decidió saltarse a propósito la informalidad que había visto entre la flota para dar paso al discurso y las acciones formales que siempre había conocido.

—Para aquellos de ustedes que no me conozcan, soy el capitán John Geary. Cuando el almirante Bloch abandonó el
Intrépido
. me puso a mí al mando de la flota. Tengo la intención de desempeñar tal responsabilidad lo mejor que sepa.

Geary se preguntaba cómo les estaría sonando su voz, qué estarían significando aquellas palabras para ellos.

Una mujer que debía estar a punto de llegar a la edad de su jubilación lanzó entonces una agria mirada en dirección a Geary.

—¿Dio el almirante Bloch alguna razón para hacer tal cosa? —inquirió la mujer.

Geary le frunció el ceño mientras notaba cómo una oleada de calor se empezaba a formar en su interior, todo un alivio teniendo en cuenta la sensación de frío que lo había venido persiguiendo desde que fue rescatado.

—Personalmente no acostumbro a preguntar a mis superiores por las razones que justifican las decisiones que adoptan. —Un murmullo se propagó entre los capitanes de los navíos, pero Geary no sabía muy bien qué quería decir aquello—. No obstante, el almirante Bloch sí me informó de que yo era el oficial de más categoría tanto por rango como por tiempo de servicio en esta flota.

Las cejas de la mujer salieron disparadas hacia arriba.

—¿Tiempo de servicio? ¿Me está hablando en serio? —discrepó.

—¿Está sugiriendo que comparemos las fechas en las que cada cual llegamos a nuestro rango actual, capitana… —Geary miró a la etiqueta identificadora que flotaba cerca de ella— capitana Faresa?

—Eso no significa nada, como bien sabrá usted —repuso.

—No, no lo sé. —Geary permitió que la oleada de calor que sentía en su interior se hiciese notar por primera vez en su tono de voz—. Si esta flota empieza a entrar en discusiones sobre qué factores de rango y antigüedad importan y cuáles no, acabará sumida en el caos, y todos ustedes morirán.

El silencio invadió la reunión por un momento antes de que otro oficial interviniese. Geary pudo ver que se trataba del capitán Numos, de la nave
Orión.

—¿Está sugiriendo que, de alguna manera, usted puede salvarnos? Ahora mismo solo tenemos dos opciones disponibles como flota, capitán —apuntó Numos—. O morimos luchando, o asumimos que nuestro destino será, en el mejor de los casos, una vida de esclavitud y una muerte más lenta.

Geary se dio cuenta de que, de manera inconsciente, su sonrisa se había vuelto cansina.

—Yo ya sé que puedo morir luchando. Me imagino que la segunda vez será más fácil —ironizó.

El capitán Duellos, de la
Osada,
soltó una carcajada.

—¡Muy bueno, capitán Geary! —celebró Duellos—. En fin, si ese es nuestro destino…

Numos irrumpió de nuevo en la conversación.

—Hay otra opción —propuso Numos—. Si nos separamos, cada nave por su cuenta, algunos de nosotros pueden conseguir llegar a la puerta hipernética…

—¿Separarnos? —preguntó otro capitán—. ¿Está queriendo decir que cada nave debe irse por donde pueda?

—¡Pues sí! —insistió Numos—. Las naves más lentas y dañadas ya están condenadas de todas formas. No tiene sentido que…

—¡Si mi nave está dañada es porque se llevó el fuego enemigo que, de otra forma, habría acabado dañando la suya! —criticó Duellos—. ¿Y ahora pretende abandonarnos a nuestra suerte en los campos de trabajo de los síndicos?

—Si no hay otra alternativa…

—Silencio. —Hizo falta que todo el mundo se quedara mirándolo para que Geary tomara conciencia de que era él mismo quien había hecho ese llamamiento al orden. A juzgar por los gestos de los demás, se preguntaba por qué su voz había sonado así esta vez—. Esta flota no va a abandonar a ninguna nave.

Numos volvió a intervenir y Geary pudo comprobar que algunos de los demás oficiales asentían con la cabeza para expresar acuerdo con sus palabras.

—Esa no es una opinión razonable porque usted no está capacitado para comandar esta flota. Usted lo sabe. Su conocimiento de armas y tácticas está completamente anticuado —replicó Numos—. Usted carece de la información necesaria para comprender cuál es la situación actual, tanto aquí como en casa. Usted…

Algo en el interior de Geary estalló hasta propagarse como un incendio devastador.

—Capitán Numos, no estoy aquí para debatir cuestiones de mando, ni con usted ni con ningún otro oficial de esta flota —bramó Geary.

—¡Usted no está capacitado para asumir el mando! —repitió Numos—. Usted no sabe…

—Yo sé que estoy al mando en virtud de mi antigüedad y de la última orden del almirante Bloch y sé también que, si necesito alguna información adicional para sustentar mis órdenes, mis subordinados me proporcionarán tal información —sentenció Geary.

—Yo no…

—Y si usted o cualquiera de los demás comandantes de las naves no se sienten capaces de apoyarme adecuadamente o de seguir órdenes, les relevaré del mando y pondré en su lugar a aquellos oficiales de los que sí me pueda fiar. Y, debería añadir, oficiales en cuyo apoyo el resto de naves puedan confiar. —El rostro de Numos se enrojeció—. ¿Se siente usted incapaz de apoyarme adecuadamente, capitán Numos?

Numos tragó saliva y después retomó la palabra para seguir insistiendo con terquedad, pero sin la arrogancia que había mostrado anteriormente.

—Capitán Geary, su antigüedad es una cuestión circunstancial y usted mismo lo sabe. Su rango data de hace casi un siglo porque se le concedió el ascenso a capitán de manera postuma. Nadie sabía que usted seguía con vida. Un siglo de hibernación de supervivencia no le confiere ninguna experiencia. —Algunos de los otros capitanes hicieron leves movimientos para expresar su acuerdo con aquellas palabras y aquello pareció volver a envalentonar a Numos—. Debemos escoger a un oficial que pueda asumir el mando sobre la base de su capacidad para manejar la situación actual y eso requiere poseer unos conocimientos actualizados.

Geary volvió a mirar a Numos de una manera tan gélida que su homólogo acabó por recostarse ligeramente hacia atrás, como sintiéndose amenazado.

—En la flota de la Alianza que yo conozco, nadie elige a su mando superior. No tengo intención de permitir que ustedes ni ningún otro interfiera, en mi autoridad de mando —aseveró tajantemente Geary.

Acto seguido, se oyó cómo un hombre corpulento situado a uno de los extremos de la mesa se aclaraba la garganta antes de intervenir.

—El capitán Geary es el más veterano. Está al mando. Fin de la discusión —resumió.

Geary asintió con la cabeza sin dejar de mirarlo, memorizando su nombre y su cara. Capitán Tulev, de la
Leviatán.
Alguien con quien Geary podía contar.

Entonces una mujer con el uniforme de la Marina de la Alianza tomó la palabra. Se trataba de la coronel Carabali, que debía haber heredado el mando al morir el general de la Marina que acompañaba la flota, así como los demás oficiales de rango.

—Hemos jurado obedecer a nuestros comandantes y defender a la Alianza. Los infantes de Marina entienden que el capitán Geary es nuestro comandante según el Reglamento de la flota de la Alianza —sentenció.

Inmediatamente después intervino otra capitana, esta con la voz ajada:

—Joder, si él no nos puede sacar de esto, ¿quién lo hará? —aseguró.

Todos los ojos se centraron en Geary de nuevo como si aquella mujer hubiese dicho abiertamente lo que tantos de ellos habían estado pensando. Lo cierto es que a Geary no le apetecía ver aquellas caras, pero su deber era unirse a su esperanza y aparcar el escepticismo. Ya no podía seguir escondiéndose.

—Voy a intentarlo —aseveró.

2

El silencio se apoderó de la sala por un instante, hasta que la capitana Faresa volvió a intervenir, con un tono y una expresión aún ásperos.

—¿Cómo, capitán? —insistió Faresa—. ¿A qué recurso mágico va a apelar? Nos queda menos de una hora antes de que se cumpla el plazo de los síndicos.

Geary le devolvió una mirada igualmente dura, con la que comprobó también al ver al resto de oficiales allí presentes que su autoridad de mando pendía en esos momentos de un hilo. Por primera vez, se dio cuenta de lo jóvenes que eran muchos de ellos. Más jóvenes que los capitanes de navío que él había conocido un siglo atrás y claramente menos endurecidos o experimentados que aquellos capitanes. Demasiados oficiales de los allí presentes se estaban limitando a observar y esperar, dispuestos a saltar en cualquier momento hacia uno u otro lado. Y si empezaban a saltar, la flota entera se partiría en mil pedazos, lo cual facilitaría enormemente las cosas a los síndicos.

—Entonces más nos vale aprovechar ese tiempo pensando en lugar de tirarnos los trastos a la cabeza, ¿no cree? —observó el capitán.

Geary señaló al centro de la mesa, donde se proyectaba la imagen de las naves de la flota de la Alianza. Las naves más dañadas se encontraban formando una especie de esfera. Entre ellas y el muro imponente de la flota de los síndicos se alzaba una pared rectangular de naves de la Alianza que formaba una media luna frente al enemigo. En condiciones normales, tendría un aspecto impresionante; pero, si se contaban las naves de uno y otro lado, uno se daba cuenta de que la almádena de los síndicos iba a destrozar la media luna de la Alianza como si fuese tan frágil como el cristal.

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